Un niño sobrevive a una congelación.

Una fría mañana de invierno en 1984, en un pueblo cercano a la periferia de Milwaukee, Wisconsin, un niño de tal solo dos años,  Michael Troche,  salió de su casa en pijama mientras sus padres estaban dormidos. La temperatura de la comarca en esas fechas oscilaba los 60 °C bajo cero. El pequeño pronto se desvaneció sobre la nieve, así permaneció algunas horas hasta que fue encontrado por su padre afligido. El padre del pequeño cuando lo cogió entre sus brazos,  notó que el pequeño no respiraba y se le había formado cristales de hielo encima y debajo de la piel, y tenía los órganos rígidos.

Michael fue ingresado de urgencia en el Children’s Hospital de Milwaukee, y de inmediato fue atendido por un equipo de 20 enfermeras y 18 médicos, encabezados por Kevin Nelly, especialista en hipotermia. Varios médicos coincidieron en que al manejar el cuerpo del pequeño era posible escuchar crujidos desde su interior debido al congelamiento de sus órganos, y que su cuerpo registraba una temperatura de menos de 16 °C. Los médicos conectaron de inmediato a Michael a una maquina conocida como pulmón artificial, con el fin de calentar de forma progresiva la sangre, le inyectaron diversos fármacos para evitar la inflamación del cerebro, le aplicaron masajes, y le realizaron diversas incisiones en el cuerpo para evitar que sus células reventaran por el aumento de tamaño a consecuencia de la congelación.

Durante tres días Michael permaneció en estado de semiinconsciencia, entre la vida y la muerte. De manera milagrosa, según el doctor Nelly, el niño mejoró y comenzó a recuperarse con una rapidez sorprendente. Semanas después sólo mostraba lesiones leves en los músculos de la mano.
El informe médico, dictamino que  Michael  se había salvado gracias a su  temprana edad que al ser tan pequeño su cerebro y su metabolismo no había necesitado tanta cantidad de oxígeno y que para poder sobrevivir, por ello no presento ni tan siquiera secuela alguna.